La compasión no sólo es el sentimiento de pena o lástima por el sufrimiento ajeno, o el ponernos en su lugar y reconocer su dolor, o sentir empatía por él, sino que es también la determinación continua y real por parte nuestra por contribuir a aliviar ese sufrimiento.

Si no hemos desarrollado esa cualidad en nuestra alma, la vida se encargará de enviarnos un mensajero que nos muestre el camino, ya sea por medio de un sufrimiento propio que nos ayudará a comprender el dolor ajeno, o por medio de un maestro más avanzado espiritualmente que nosotros, que se ha prestado por medio de su sufrimiento para que podamos desarrollar nosotros esa cualidad tan esencial para nuestro mejor desarrollo espiritual.

Si tiene a alguien así, muy cercano a usted, –un familar enfermo, autista, con síndrome down, etc.– recuerde que es un maestro que le está dando un gran regalo espiritual, o hasta la viejita que pide limosna o un indigente que le pide algo para comer, le están mostrando el camino hacia la compasión, saludos mentalmente con reverencia y gratitud pues la están otorgando una gran regalo.

Enrique Aguilera, Practicante